¿Qué es necesario para crear y sostener una vida hermosa -cuando sucede lo peor-?

Estas últimas semanas he venido observando cosas que me resultan curiosas.

Como que cada vez que la realidad se rompe -porque tarde o temprano siempre vuelve a resquebrajarse; es parte de estar viva- mi cuerpo comienza a hablar un idioma que normalmente permanece sepultado bajo el ruido. El impacto hace que primero deje de entender el mundo para, instantes después, comenzar a desentenderse de sí mismo.

Es sólo cuando el ritmo exterior pierde autoridad que comienza a emerger un lenguaje más antiguo. El que sabía del mundo antes de que mi sistema aprendiera que quedarse inmóvil era sinónimo de mantenerse a salvo.

Venezuela.

Con el tiempo he comprendido que al miedo no le basta con querer abarcar la totalidad de la realidad. Necesita terminar las historias que todavía no se han escrito. Y cuanto más tiempo le cedo mi atención, más convincente se vuelve.

El día en que la tierra decidió sacudirse dos veces también pude reconocer el mecanismo preciso con el que mi mente aprendió a escabullirse con elegancia de aquello que no sabe sostener: viajando, literal y simbólicamente; sobreexplicando; camuflando la tristeza en ira; proyectando, disfrazando la culpa de responsabilidad, maquillando la indignación de lucidez.

La parálisis siempre encuentra una historia que la justifique. Si permanezco demasiado tiempo allí, el paisaje comienza a cambiar en una especie de arena movediza oscura, espesa, parecida a un derrame petrolífero que todo lo succiona, mientras el cuerpo permanece encallado exactamente donde el tiempo dejó de avanzar.

Durante mucho tiempo confundí ese paisaje con mi personalidad. Hoy entiendo que sólo era una manera muy antigua de protegerme.

"Estamos bien, gracias a Dios"

Fue la frase que escuché una y otra vez. En mensajes de buenos días. En llamadas. En notas de voz. En familiares. En amistades. Incluso en personas desconocidas.

Al principio me sonó a muletilla. Con los días se convirtió en una práctica que, poco a poco, terminó revelándome algo.

Quizá decir estamos bien no significa exactamente eso. Quizá sólo significa: todavía no encuentro palabras para nombrar lo que está ocurriendo dentro de mí. Y sigo aquí. Agradezco. Al menos por hoy, eso basta.

"Estoy bien, gracias a Dios" me enseña lo que aprendió una generación entera y que hoy decido preservar: que incluso cuando el mundo se derrumba, persiste algo profundamente amoroso en evitar que el dolor viaje más lejos de lo necesario.

Estar a miles de kilómetros de una tragedia que atraviesa cada fibra de mi raíz me obligó a descubrir cuánta energía deja de desperdiciarse cuando abandono el oficio silencioso de completar narrativas con aquello que todavía no sé.

En medio de la conmoción, un simple «Ayúdame a entender cómo lo estás viviendo» ha conseguido desmontar historias que mi imaginación ya había empezado a escribir en nombre de silencios que me desconcertaron.

En esa pausa apareció otra observación: hay dolores cuya magnitud tarda más en llegar que el acontecimiento que los provoca.

Mientras que el mar, entretanto, siguió haciendo lo suyo.

No intentó resolver nada. No tuvo prisa por alcanzar la siguiente orilla. En mis caminatas junto a él observé el agua entrar y salir con la misma fidelidad de siempre. Y esa manera de permanecer volvió a recordarme que la constancia también puede convertirse en una forma de consuelo.

Pasados unos días pude abrazar.

Abrazar el deseo de abrazar. El deseo de ser abrazada. Sosteniendo con la misma intensidad la necesidad imperiosa de estar sola.

Sólo cuando dejé de pelearme con esa contradicción logré extender los brazos con una sinceridad distinta. Comprendí que, si bien un abrazo no acorta la distancia que me separa de mis afectos, sí transforma la sensación de que esa ausencia me pertenece únicamente a mí.

Haciendo reaparecer una fuerza tan discreta como contundente.

La fe.

No fue una respuesta. Tampoco una certeza. Más bien la presencia fiel que continúa respirando cuando todo lo demás parece haber perdido sentido.

Y, en toda su simpleza, eso me bastó.

Me movilizó sin tener ganas. Precisamente porque no las tenía.

Bailando recordé que todavía podía seguir poniendo un pie delante del otro. Y con ello apareció otra certeza silenciosa: que la desesperanza también necesita alimento. Cada gesto orientado hacia la vida deja, discretamente, de ofrecérselo.

El movimiento abrió espacio.

Primero para seguir.

Después para la creatividad.

Para la colaboración.

Para las posibilidades.

Descubrí entonces que la esperanza no siempre regresa antes de empezar a moverme. Muchas veces ocurre al revés.

De unx en unx comenzaron a llegar personas que casi sin pensarlo respondieron al llamado.

Una mano fue encontrando a la otra. El impulso lleno de fe llevó al baile que marcó el vaivén que abrazó el abrazo que dio apertura que trajo confianza y abrió una grieta.

Lo que durante días había tenido el color de la desolación se fue tiñendo de solidaridad.

Existe una fuerza enorme que sólo aparece cuando dejamos de preguntarnos quién va a salvarnos y empezamos, con sencillez, a acercarnos los unos a los otros.

Han pasado tres semanas desde los terremotos.

Todavía no conozco una manera de atravesar el dolor sin que intente conducirme hacia esas arenas movedizas.

Sin embargo voy encontrando pequeñas prácticas que impiden que ocupen toda la habitación. Y al hacerlo, comienza a caber algo humilde.

La posibilidad de seguir habitando la vida.

Mientras escribía estas líneas comprendí que quizá ésta también sea una forma de ayudar.

Con un grupo de venezolanas y venezolanos en Barcelona estamos organizando encuentros de música, canto, baile y arte para seguir enviando apoyo a quienes hoy más lo requieren en Venezuela.

Si sientes el deseo de acompañarnos o colaborar, será una alegría encontrarte.

Nos seguimos por Instagram.

Allí iré compartiendo los próximos pasos.

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